Escribir un poema es pedirle el teléfono a una desconocida,
arrancarle una hoja a un árbol extraviado en el jardín de la posibilidad
o jugar con palabras a la ruleta rusa, una vez iniciada la partida no hay vuelta atrás.
A medida que gira el tambor uno empieza a sospechar que le aguarda un cartucho en la recámara.
Ni ángeles ni demonios, lo cierto es que a las palabras las carga el diablo, aunque nunca se sabe.
Es difícil aventurar un pronóstico cuando el desierto de la página parece cobrar vida.
No hay reserva que valga, es preciso escribir con cuanta liebre salte a la platea ,
convocar a las sirenas y a los equilibristas, desterrar a geómetras , jerarcas y contables,
poco puede ayudarnos la voz de la experiencia cuando se trata de atrapar a una serpiente cascabel, de nada vale cronometrar la vibración de sus anillos, escoger entre ambos filos de su bífida lengua, sólo cabe esperar que en la contienda chispee el surtidor de la revelación.
Allí donde se encasquilla el percutor, donde rechinan los dientes del insomne, donde los gatos sueñan con aves del paraíso, imposible sortear las inclemencias del lenguaje, escapar al rigor del cirujano.
Los literatos intentan ocultarse, pero al final las palabras les dejan en cueros vivos, como a todos. Conviene al respecto recordar que todos los discursos de los doctos no valen la pestaña de una adolescente, que por el hueco de una cuchilla de afeitar bien puede deslizarse el duende de la infancia y sin embargo la infamia se cría en los corrales del incienso.No vayamos ahora a dárnoslas de listos que hasta el más enterado se ha bebido de un trago la leche agria olvidada al fondo de la nevera. Es mejor acercarse al papel sin plan preconcebido, aguardando que él mismo nos revele sus secretos, descolgar el auricular como si nos llamase un viejo amigo, al cabo de los años desde un país remoto. Olvidarse de sí, para que el cuerpo tome la palabra. Escuchando el liviano crujido del bolígrafo, oreando su surco misterioso como si de la entrecortada respiración de un moribundo se tratara. La esperanza en la punta de la lengua, contenido el aliento como el niño al contemplar la cabeza del domador entre las fauces del tigre, al fin y al cabo somos a un tiempo el lanzador de cuchillos y la chica que inmóvil ve abalanzarse certeros los filos a escasos centímetros de su piel. Con la palabra no hay trampa ni cartón, ni es prodigio al alcance de los ilusionistas, todo sucede en el cuadrilítero de la página, pero no hay arbitro , ni campana que defina el combate, el contrincante se aloja en nuestros huesos.
Eduardo García.
REVISTA CULTURAL EL MAQUINISTA DE LA GENERACIÓN Nº 20/21
Libro Disponible para préstamo en Biblioteca Ateneo Cultural Ecijano
c/ Victoria nº47 Écija
arrancarle una hoja a un árbol extraviado en el jardín de la posibilidad
o jugar con palabras a la ruleta rusa, una vez iniciada la partida no hay vuelta atrás.
A medida que gira el tambor uno empieza a sospechar que le aguarda un cartucho en la recámara.
Ni ángeles ni demonios, lo cierto es que a las palabras las carga el diablo, aunque nunca se sabe.
Es difícil aventurar un pronóstico cuando el desierto de la página parece cobrar vida.
No hay reserva que valga, es preciso escribir con cuanta liebre salte a la platea ,
convocar a las sirenas y a los equilibristas, desterrar a geómetras , jerarcas y contables,
poco puede ayudarnos la voz de la experiencia cuando se trata de atrapar a una serpiente cascabel, de nada vale cronometrar la vibración de sus anillos, escoger entre ambos filos de su bífida lengua, sólo cabe esperar que en la contienda chispee el surtidor de la revelación.
Allí donde se encasquilla el percutor, donde rechinan los dientes del insomne, donde los gatos sueñan con aves del paraíso, imposible sortear las inclemencias del lenguaje, escapar al rigor del cirujano.
Los literatos intentan ocultarse, pero al final las palabras les dejan en cueros vivos, como a todos. Conviene al respecto recordar que todos los discursos de los doctos no valen la pestaña de una adolescente, que por el hueco de una cuchilla de afeitar bien puede deslizarse el duende de la infancia y sin embargo la infamia se cría en los corrales del incienso.No vayamos ahora a dárnoslas de listos que hasta el más enterado se ha bebido de un trago la leche agria olvidada al fondo de la nevera. Es mejor acercarse al papel sin plan preconcebido, aguardando que él mismo nos revele sus secretos, descolgar el auricular como si nos llamase un viejo amigo, al cabo de los años desde un país remoto. Olvidarse de sí, para que el cuerpo tome la palabra. Escuchando el liviano crujido del bolígrafo, oreando su surco misterioso como si de la entrecortada respiración de un moribundo se tratara. La esperanza en la punta de la lengua, contenido el aliento como el niño al contemplar la cabeza del domador entre las fauces del tigre, al fin y al cabo somos a un tiempo el lanzador de cuchillos y la chica que inmóvil ve abalanzarse certeros los filos a escasos centímetros de su piel. Con la palabra no hay trampa ni cartón, ni es prodigio al alcance de los ilusionistas, todo sucede en el cuadrilítero de la página, pero no hay arbitro , ni campana que defina el combate, el contrincante se aloja en nuestros huesos.
Eduardo García.
REVISTA CULTURAL EL MAQUINISTA DE LA GENERACIÓN Nº 20/21
Libro Disponible para préstamo en Biblioteca Ateneo Cultural Ecijano
c/ Victoria nº47 Écija
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